
Habiendo tanta playa, tanto papel en blanco en el que escribir, mi hija se empeñaba en dibujar letras en un reducido espacio. Una caracola le servía de borrador y desdibujaba los trazos con tal ímpetu que aún desfiguraba más el lienzo formado por la arena y el agua. Estuve tentada en insinuarle que continuase escribiendo a todo lo ancho que le daba la playa pues con seguridad agotaría su juego antes que la orilla de ésta. Pero... ¡qué ingenua!...¡Acaso no estoy yo intentando dibujar líneas inteligibles en un barro ya removido y pisoteado sin darme cuenta que tengo a mi alrededor extensos lienzos dispuestos para que yo cree en ellos!

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