viernes, 28 de marzo de 2008

Gracias al levante



Cuando sopla el aire de levante arrastra hasta la orilla de la playa abundante hojarasca seca y dentada. Se hace incómodo tener que ir sorteando esta vegetación muerta que siempre termina por herir la planta de los pies.
Descalza, caminaba por la playa buscando la frescura del agua pero me atropellaba en el camino pues intentaba esquivar a cientos de espinos que se enganchaban como encajes al embozo de las olas. Tan insoportable se hizo que llegó el punto de no estar disfrutando del paisaje ni de la belleza del agua sobre la arena pues tenía que mirar constantemente dónde pisaba. Tomé la decisión de detenerme y levanté la vista. Observé que la playa era inmensa y que tenía dos opciones, o seguir como hasta ahora o tomar otro sendero en la misma dirección que traía, eso sí en la arena seca, suelta y caliente. Tendría que soportar que mis pies se enterrasen y mi camino sería más lento y cansado. Tampoco tendría el agua fresca que bañara mis pies cansados. Seguramente tardaría más en llegar a mi destino pero podría ir contemplando el paisaje, mirando el horizonte e incluso alcanzaría a ver África en un día despejado y sin brumas. Mis pies tendrían que hacer un ejercicio diferente y poner a trabajar a muchos más músculos que cuando estos caminaban por la arena dura de la orilla, pero el ejercicio le vendría mejor a mi espalda y a mi columna. Tomé el nuevo sendero y fuí caminando en paralelo a la procesión de hojarasca y espinos pero con la diferencia de que estos ya no me apartaban del propósito de mi ruta: disfrutar del magnífico regalo de la vida.

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